Durante las primeras fases de desarrollo de Teotihuacán, una de las ciudades más enigmáticas del México prehispánico, la Pirámide del Sol fue mucho más que un monumento imponente: se erigió como el centro simbólico y funcional de la ciudad.
Así lo revela una de las señalizaciones informativas del sitio arqueológico, donde se destaca que este majestuoso edificio fue el punto de partida de los ejes que dividían los espacios divinos, marcando el diseño urbano y espiritual de la antigua metrópolis.
La monumentalidad de la pirámide, sus elementos arquitectónicos y el diseño de su plataforma en forma de «U» destacan como claves en su importancia. Esta plataforma rodea el edificio por tres de sus lados (sur, este y norte), y su exterior incluye el uso de muros inclinados (talud) y verticales (tablero), estilo característico de la arquitectura teotihuacana. En el nivel superior, se hallaban templos y recintos menores dedicados a los sacerdotes encargados del culto. Esta estructura no solo servía para delimitar el espacio sagrado, sino también para establecer una jerarquía espacial dentro del conjunto.
Frente a la pirámide, se encontraba una gran plaza, delimitada en parte por una plataforma que la separaba de la Calzada de los Muertos, la arteria principal de la ciudad. Este espacio monumental no solo hablaba de la organización urbana, sino del profundo simbolismo espiritual que impregnaba cada rincón de Teotihuacán.
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